La evolución evidente del tango escénico, fue marcando tendencias renovadoras de la mano de algunos maestros.
Estas tendencias, fueron haciéndose notar en diferentes épocas a partir del Cachafaz, quien fue el primero en tirar por la borda la forma anterior de bailar sobre un escenario. Aquellos pocos pero exclusivos enseñantes, oficiaron de referentes a generaciones de profesionales, a quienes transmitieron sus conocimientos y sus estilos.
Eran en general, milongueros que se destacaban en los reductos tangueros más importantes de aquella época, admirados por alumnos y colegas. Bailarines natos, autodidactas en su mayoría, bailaban el tango como si lo hubiesen tenido incorporado a su sangre y con la emoción a flor de piel.
Hay muchos bailarines profesionales, que han disfrutado de las enseñanzas de alguno de estos maestros y los resultados de esas enseñanzas, hoy están a la vista. Uno de aquellos instructores, de oficio albañil, nacido en el barrio de Mataderos, se dedicó a enseñar desde muy jóven en distintas academias, demostrando su increíble riqueza y producción coreográfica.
Su espíritu, su energía inacabable y su lugar de maestro comprometido con su pasión, daban más valor a su enseñanza.
Con su amigo Vilulazo, brindó exhibiciones donde interpretaba el rol femenino al que daba mucha trascendencia. Esas exhibiciones, tenían como distintivo un tinte singular y novedoso para la época, a la par de la sorpresa que provocaban en el público de todas las milongas donde se presentaban.
Su raíz milonguera, mezclada con una facilidad fuera de lo común para hacer combinaciones de figuras, daban la pauta de estar frente a un maestro cuya creatividad infinita, no dejaba de sorprender.
Este hombre era Antonio Todaro, quien tenía entre sus preferencias, el intercambio de roles en la pareja. Esta práctica, en las exhibiciones para las que preparaba a sus alumnos, tenía una aceptación insospechada, tanto por lo original del cuadro como por su frescura e imaginación pródiga.
El otorgó a la mujer un rol donde, en muchos momentos, pasó a ser la protagonista de la danza. Ella dejó de ser la que sigue al hombre, para convertirse en la otra mitad importante de la pareja. Con su forma de enseñanza personalizada, la calidad de sus bailarines lo hizo célebre en Europa donde reconocían a sus discípulos y admiraban su estilo. Pasaba horas y horas encerrado en su escuela, con cada pareja de alumnos probando, buscando y eligiendo las figuras que más los identificaran según sus posibilidades. Es más; a veces, hasta utilizaba los errores involuntarios que cometían en alguna secuencia, para crear una nueva figura. Algunos de sus alumnos, cuentan que era capaz de inventar una figura y, a los pocos minutos, haber creado variaciones insospechadas de la misma.
Bailarines como Milena Plebs, Miguel Ángel Zotto, Aurora y Jorge Firpo, Ricardo y Nicole, Carlos e Inés Borquez, Guillermina Quiroga, Vanina y Roberto, Natalia y Diego y otros muchos, frecuentaron ese lugar y pasaron por sus manos.
A todos ellos, mediante una labor intensa, consiguió transferirles finalmente la orientación estilística que los distingue. Orientación que, sin atisbos de egoísmo alguno, quiso trasmitirles. Algunos, lo honraron reflejando exactamente su estilo; otros, hicieron transformaciones a ese estilo para crear uno propio, pero siempre con reminiscencias de su maestro.
Esto último tiene una ventaja y es que, teniendo como base aquel estilo, imprimieron a su baile su propia manera, transformando en forma notable la danza y dándole un aspecto doblemente interesante.
Así es que, a mediados de la década del 80, los escenarios de Buenos Aires y de Europa, comenzaron a poblarse de bailarines que seguían el estilo Todaro.
Su escuela, antes casi desierta en el barrio de Primera Junta, se iba llenando de jóvenes profesionales y de los otros, ávidos por libar los conocimientos de aquel maestro diferente, que enseñaba una danza distinta a lo que ellos estaban acostumbrados.
Un consejo que daba siempre a sus alumnos, era que la visita a las milongas era imprescindible, para nutrir su danza con la de viejos milongueros.
Produjo una transformación importante en la idea que se tenía hasta el momento sobre el tango de escenario y amalgamó, inteligentemente, los orígenes populares del tango con la coreografía cuidada hasta en los más mínimos detalles, que se necesita para un espectáculo.
Sin duda fue un creador que sabía lo que hacía. El estilo Todaro es fácilmente identificable y cada uno de esos alumnos, lleva en la esencia de su danza, algo de aquella manera inconfundible de bailar.
Es una herencia que, muy a pesar nuestro, ya está repartida y, aparte de quienes la recibieron, nunca más nadie podrá poseer. Ana María Navés
Nota publicada en PUNTO TANGO Nº 58 - Agosto 2011. |