EL TANGO TUVO UNA FLOR
CARMENCITA CALDERON
Por
Ana María Navés.


Publicada en la Revista PUNTO TANGO Nro. 56
Junio 2011.

 

José Giambuzzi “el Tarila”, nombre mítico en la milonga de aquel tiempo, fue quien la descubrió por casualidad (aunque nada es casual) y le propuso ser su compañera de baile. Sucedió un día cualquiera, de esos en los que acompañaba a sus hermanas menores a bailar al Sin Rumbo.

Había en el lugar amigos suyos y de su hermano que eran del barrio y vivían cerca de ese club de Villurca. Estos, al ver al Tarila ese día, le insistieron para que bailara con él.

Cármen Micaela Risso bailó con el hombre y al terminar la tanda, éste le hizo la proposición que también incluía ayudar a dar clases en la Academia que el Cachafaz tenía en el centro.

Ella aceptó y un año después, en 1933, daba clases y acompañaba al Cacha en sus giras.

Carmencita Calderón, como se hizo llamar después, no sólo bailaba bien, además tuvo la entereza de revertir el sino que había marcado a las anteriores parejas del bailarín. Ellas habían sido solamente sus acompañantes en la pista y siempre, la destreza del Cachafaz las había opacado haciendo que, cuando se referían a la pareja, solo lo nombraran a él.

Carmencita en cambio, jamás estuvo en las sombras, desde el principio brilló con luz propia, se hizo notar y protagonizó un cambio en todo el ámbito tanguero.

Su fama llegó a Europa y las revistas francesas la nombraban como “la flor del tango” y en Buenos Aires, era considerada el símbolo del tango orillero.

Su carácter y su personalidad eran fuertes y al poco tiempo desafió todos los prejuicios y costumbres de la época, colocándose sin duda a la vanguardia de la danza tanguera.

Nunca fue sumisa siguiendo al hombre en el baile, sino que plasmó su sello inconfundible con los adornos que imprimía a sus propios pasos. Improvisaba su coreografía a partir del movimiento anterior de su pareja, transformando la danza, hasta el momento catalogada como monólogo machista, en un diálogo constante de dos cuerpos, donde la conexión era lo esencial.

Su lenguaje corporal fue evolucionando, transgresor y creativo, dándole un valor fundamental a la improvisación que realizaba maravillosamente.

Bailando se concentraba de tal manera, que inventaba figuras y caminatas que tal vez nunca volvería a repetir. Pero esto no hubiera podido suceder, si no hubiera tenido la suerte de que el Cacha le diera lugar para que se luciera, cosa que en algunas parejas, profesionales y de las otras, no ocurre.

“Yo fui una mujer que adornó el tango bailado” dijo en alguna oportunidad en el año 2000. “En el baile, el hombre sin la mujer no es nada” no se cansaba de repetir.

Era tan retadora en su personalidad, que hasta cambió la moda de la ropa a usar en las exhibiciones. Como le molestaban las polleras largas de los vestidos de paisana que era lo que normalmente se llevaba para bailar, decidió usar una pollera recta y larga hasta debajo de la rodilla, con un tajo al costado sobre su pierna derecha.

Hasta la forma de vestir, que tenía sus fundamentos, la diferenció de las demás.

Fue la innovadora absoluta de coreografías que, hasta ese momento, dependían del hombre. Junto al Cachafaz creó la imagen más eminente y notable del tango bailado, ese que no permite la rutina de los movimientos sino que da lugar a la creatividad más sublime nacida desde la música y a partir de las sensaciones que embargan a los bailarines y no de la repetición de figuras. El baile de esta pareja, jamás fue estructurado.

Después de la muerte del Cacha, siguió con su fervor dancístico al lado del Negro Pavura, José Méndez, José María Baña y otros, que no podían permitir que semejante bailarina se quedara sin bailar. Mucho, mucho tiempo después, cuando paseaba por las pistas sus ochenta y cinco bailados años, llenos de vida y de tango, sin compañero ya pero todavía con ganas de bailar, se indignaba cuando en las milongas no la cabeceaban y en su lugar, le rendían homenajes. Los otros pensaban que sería una satisfa-cción enorme para Carmencita que la homenajearan dando exhibiciones para ella, leyendo poesías que había inspirado en muchos hombres o entregándole placas y flores como recordatorio de su pasar por el tango.

Por el contrario, ella decía que el mejor y más valioso homenaje que podían hacerle y el regalo más preciado, era que la invitaran a bailar.

Carmencita fue el fuego, la pasión y el dolor del tango, las tres cosas amontonadas en su alma tanguera. Esa que conformaba y confirmaba su esencia y la que inundaba de fervor su baile; esa que sin proponérselo, hacía del tango una obra de seducción total.

Pensar que todo estaba contenido dentro de esa figura chiquitita pero colmada de sensibilidad que, a pesar de su tamaño, fue sin duda la más grande de aquellos años o, por lo menos, la que luchó hasta convertir en tango, su vida y su pasión por él.

ANA MARIA NAVES

ENTREVISTA PUBLICADA EN PUNTO TANGO 60 - DICIEMBRE 2011.

 

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