Hasta Café de los Maestros, fue el secreto mejor guardado de los músicos. El gran pianista, de una enorme modestia, falleció el lunes, a los 79 años.
“Yo no soy pianista, pianista es Horacio Salgán”, solía decir Emilio de la Peña. Era su modestia la que hablaba: el gran artista, que falleció el lunes por la tarde a los 79 años debido a una insuficiencia cardíaca, era un ejecutante de excepción, y tuvo oportunidad de demostrarlo. Su aparición en Café de los Maestros, en 2005, en donde “Loca bohemia”, de Francisco De Caro, relucía como pocas veces gracias a su delicada versión, le dio el reconocimiento que merecía. De manera tardía, es cierto: hasta la salida del trabajo producido por Gustavo Santaolalla era un músico para músicos, el secreto mejor guardado de la escena pianística argentina. Además, cuando el proyecto salió a la luz ya era todo un veterano de 75 años que durante casi toda su carrera había alternado su desempeño como pianista con su oficio de tornero y fresador. “Volvía con el overol y me sentaba ocho horas al piano”, contó el año pasado a este diario, en ocasión de la presentación de Café de los Maestros en el teatro Gran Rex. Aquella charla reveló a un hombre sencillo, que luchaba contra la equivocada idea de que sus merecimientos eran escasos. Admirador acérrimo tanto de Salgán como de Bill Evans, De la Peña pensaba que el estudio de la música era imprescindible para tocar pero no para crear. “José Dames, por ejemplo”, decía, “no leía música y fue autor de obras maestras como ‘Tú', ‘Nada' y ‘Fuimos'. Tampoco tenía problemas en asegurar que, en su opinión, Iván Lins era mejor pianista que Keith Jarrett.
De la Peña comenzó sus estudios de piano a los 14 años con el maestro Ernesto Minieri. La llamada época de oro del tango estaba en su apogeo, cosa que al joven Emilio no le pasó por el costado. La situación económica de su familia hizo que desde muy joven tuviera que salir a trabajar, algo que no dejaría de hacer hasta 1996, cuando pudo dedicarle tiempo completo a la música. Tenía 66 años.
Sus actuaciones comenzaron a los 15 años, en sitios como el Café Marzzoto o el Bar Nacional. Por aquel entonces, su padre era un músico aficionado que lideraba una orquesta típica. Llegadas a ese punto, todas sus biografías hacen un paréntesis de veinte años, correspondiente a la época en que De la Peña sólo se dedicó a estudiar composición y armonía con Juan Carlos Cirigliano, y a componer tango y folklore. Hasta que en 1980 conoció a Manolo Juárez. “En realidad, el que me vino a ver para ser mi alumno fue su hijo, Carlos”, relató el año pasado Juárez a Crítica de la Argentina; “Emilio lo acompañó, y en un momento me dijo ‘yo también toco el piano'. Bueno, sentate y tocá, le dije. Hizo brrrrom (el gesto de Juárez remeda el recorrido que hace el pulgar por todo el teclado cubriendo las siete octavas) y no lo pude creer”. Desde ese momento, Juárez fue su profesor de armonía. “Un día, como deber, me mandó a componer una zamba”, recordaba De la Peña, “A la que le terminó poniendo letra Hamlet Lima Quintana”. Allí empezó una dupla compositiva y artística con el poeta que constó de 25 temas y un espectáculo realizado en conjunto, Debajo del asfalto, que los llevó a recorrer distintos escenarios. En 1987 conoció en Buenos Aires al legendario pianista catalán Tete Montoliu, y éste quedó tan deslumbrado con su talento que lo visitó en su casa de La Paternal y luego lo invitó a pasar un tiempo en España, donde lo impulsó y dio a conocer. Más tarde llegó su primer disco, Tango New Expression, y luego los álbumes Así de simple (en dúo de pianos junto a Oscar Alem), Virgilio está de gira y Este tango es otra historia, este último en trío con Matías González y Juan Carlos Varela.
Fue docente, autor de “Réquiem para los que viven” o “La vieja ausencia”, brilló en el Teatro Colón con Café de los Maestros, y en noviembre pasado tuvo su merecida velada de reconocimiento en el teatro Roma de Avellaneda. Su última aparición en público fue el 18 de mayo pasado, cuando fue distinguido por la Legislatura porteña como Personalidad Destacada de la Cultura.
Nota de: Marcelo Pavazza publicado en el diario Crítica - Link: http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=26472 |
Tras varios días internado por un infarto del que no se pudo recuperar, el pianista y compositor Emilio de la Peña falleció anteayer. Tenía 79 años.
De la Peña venía sufriendo una cardiopatía, pero contrarrestaba sus males con muchos proyectos. Una semana antes del infarto había compartido una larga charla con LA NACION en la que hizo un repaso de su vida y habló de todo lo que quería hacer. Hace casi un lustro había participado en el proyecto Café de los Maestros , el último año había sido homenajeado por sus pares con un concierto en el teatro Roma de Avellaneda y distinguido como Personalidad destacada de la Cultura por el gobierno porteño. Tenía pendientes para el próximo mes varias actuaciones como solista y con su trío, y para agosto un concierto en el próximo festival de Tango de Buenos Aires. Además, no perdía las esperanzas: pensaba que alguna compañía discográfica se interesaría en un nuevo CD que tenía grabado, pero que no tenía recursos para publicar de manera independiente.
Aquella mañana había llegado al local de música en vivo y disquería de Callao y Marcelo T. de Alvear con ganas de charlar y de tocar el piano; había traído toda su sencillez y la historia del tipo que había comenzado a tocar tango de joven, en la orquesta de su padre, pero que quizá por un nivel de autoexigencia demasiado alto luego se recluyó en su taller industrial y puso a la música en segundo plano.
Tuvieron que pasar muchos años hasta que otro gran músico, Manolo Juárez, lo descubriera y, desde entonces, muchos notaran su talento como pianista y especialmente como armonizador. Porque hay que destacar que De la Peña fue toda una autoridad en este aspecto
y ha dejado métodos y teorías para sus alumnos. Y a pesar de que fue un gran admirador de Bill Evans, llamarlo "el Evans del tango" no es lo más justo, ya que había encontrado un modo propio para la música popular argentina, especialmente para el tango. Temas compuestos por él, como "Réquiem para los que viven", de homenaje a Piazzolla, dan cuenta de esto. De la Peña era un "tapado" que terminó siendo muy reconocido por el ambiente musical local y elogiado en el exterior por colegas como Teté Montoliú, y que será recordado como un artista de culto.
Aquella mañana, para esa charla con un cronista de este suplemento, Emilio traía su trayectoria de "tornero que toca el piano" ?así lo había presentado una vez Manolo Juárez? y su humildad. Sólo después de un rato de conversación dejó de lado esa humildad y se mostró apenado porque nadie reeditaba sus discos.
Empezó a grabar a los 60 años. Publicó Tango New Expression; Así de simple, con Oscar Alem; Virgilio está de gira y Este tango es otra historia. Y le quedó un buen repertorio compuesto junto con el poeta Hamlet Lima Quintana y una serie de temas de homenaje a varios artistas que no pudo agrupar en un CD.
"Están reeditando cosas que no hablan de la dignidad musical. Lo que no deja plata no se reedita. La música y el espectáculo son cosas distintas. Yo jamás podría tocar tirando humo por debajo del piano. El espectáculo no tiene nada que ver con el arte musical. Es otro arte", decía.
A sus casi 80 años Emilio tenía una idea bien pulida de lo que quería y lo que no. Lo que no dejaba de sorprenderlo era la música en sí. "Tengo una pequeña tesis que estoy practicando con los alumnos. Me está dando resultado. No voy a modificar las técnicas armónicas de la música, pero se me ocurre que puedo aportar alguna cosa luego de 60 años arriba de esto", contaba un rato después de sentarse al piano de esta sala de Callao, para posar para el fotógrafo y tocar algunos tangos o convertir una milonga en una especie de invención a dos voces.
Pianista y tornero
Durante esa entrevista se le preguntó para qué cosas tenía apuro y para cuales no. "Apuro tengo siempre. Nací apurado ?contestó?. Lo que pasa es que uno va caminando según la pendiente que tiene adelante. Antes era más empinada; ahora no tanto porque tengo quien me ayude", decía mientras observaba a Mariana Pellegrino, que fue su manager y la que lo puso nuevamente en la escena.
¿De la Peña siempre pensó que era un tornero que tocaba el piano? "Sí, porque quiero la tornería y la industria ?explicaba?. Con la música se unen en un punto que es la creación. Yo nunca copié máquinas, siempre las diseñé. Es una facilidad que quisiera tener también para la música." Nota publicada en el diario La Nación - Link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1142656 |