RAMIRO GALLO Y SU EXITO EN LA TRASTIENDA .

Ramiro Gallo y su éxito, en la trastienda - El tango que se baila sin lugares comunes

Creador de El Arranque y uno de los nombres fuertes del género, reestrenó un laureado espectáculo con la compañía de danza No Bailarás.

Marcelo Pavazza

El violín de Ramiro Gallo suena a las 11 de la mañana en pleno Floresta. El músico está entregado pacientemente al trabajo de la fotógrafa en el jardín delantero de la casa en la que vive hace muy poco. Con el instrumento bajo el mentón y reflexionando en voz alta sobre el Gardel compositor, termina “Soledad” (un majestuoso Carlitos-Le Pera) con el arco hacia arriba, acompañando su movimiento con la mirada. Pose de soñador para alguien que acaso sea más rápido que sus sueños: en sólo diez años, este santafesino de 42 años construyó un nombre que no puede pronunciarse en ámbitos tangueros sin que se oiga el retumbe.

Apenas llegado a Buenos Aires desde Paraná, donde vivía siguiendo el camino de músico profesional que trae en la sangre desde los cinco años, comenzó una carrera que, con varios hitos en el medio (ocho años dirigiendo, componiendo y tocando por todo el mundo con la orquesta El Arranque; la llegada a la orquesta Escuela de Tango; el apoyo de Wynton Marsalis; la docencia; la formación de su quinteto en 2000; los premios, discos y elogios de la prensa extranjera y local), parece haber cerrado el círculo de la década perfecta en agosto pasado. ¿El motivo? Un Harrods atestado de público (más una inusitada cantidad de colegas tangueros en las primeras filas) ante la presentación de su orquesta típica en el Festival Buenos Aires Tango.

Desde la semana pasada y durante todos los sábados que queden de aquí hasta marzo, Ramiro Gallo comenzará en La Trastienda a trazar un círculo nuevo. Lo hará en el espectáculo Grotesca pasión trasnochada, que su quinteto comparte con la compañía de danza No Bailarás. Vienen de rodar con éxito en Europa al que Le Monde elogió con un “qué alivio, qué soplo de aire” por la notable amalgama que realizan siete bailarines con sus composiciones inspiradas, en una puesta que le huye a lo convencional.

Ahora el arco descansa sobre la mesa. Ramiro se acomoda y ofrece té. El inconfundible aire a mudanza rodea una charla que es más un alto en el camino, una pausa, que una obligación.

–¿Es la primera vez que hacés un espectáculo con bailarines?

–No. En realidad, la idea de este espectáculo surgió de ellos, más precisamente de la coreógrafa y directora de la compañía, Silvana Grill, que tuvo la idea de hacer coreografía sobre la música del quinteto. Es novedoso que una compañía de bailarines te pida música tuya.

–Algo elaborado para el tango-danza de esta época, ¿no?

–Es que la búsqueda de esta compañía pasa por eso también: expresarse dentro del género, pero sin clichés ni lugares comunes. Además, su forma de bailar, búsqueda y lenguaje son distintos de lo que uno ve habitualmente. Quizás no tenga un argumento, pero sí tiene cuadros, mucho humor y la mirada puesta en lo que sucede en el mundo de la milonga. Aquí la gente lo ha entendido muy bien; y mi duda de saber si lo iban a entender afuera quedó resuelta porque también gustó en España, Roma, París, Tailandia y San Pablo.

Mientras habla y dibuja en el aire lo que sucederá esta noche, su historia empuja más que su presente: no es fácil estar con él sin pensar en todo lo que hizo durante la última década. De adolescente no paraba de escuchar a Gismonti, pero eso es apenas la punta de un ovillo del que hay que tirar para entender el origen de un espíritu como el suyo. Llegó a esta ciudad con sus ambiciones y el tango bien entendidos, y de él y de tantos más es el mérito de haberle devuelto al género lo que el maestro Emilio Balcarce llama “expresión porteña”.

Hoy, que compuso y arregló decenas de tangos para distintas formaciones y artistas, sabe que es uno de los nombres fuertes de la escena local y no puede dejar de reírse, cómplice, cuando le nombran al gran Alfredo Gobbi. “Y, sí, es uno de mis referentes”, cuenta. “Es la orquesta que a mí más me gusta, independientemente de que haya sido violinista, como yo. Se sabe que cada director eligió diferentes detalles de estilo para remarcar y así encontrar su identidad. Gobbi no remarca casi nada; es el tipo que tiene la paleta de recursos más amplia.”

–¿Esa adherencia a los estilos del 40 no puede transformarse en conservadurismo?

–Pienso que se ve al tango como una flecha y que lo importante es la punta de esa flecha. Como que lo nuevo tiene que ser necesariamente bueno por nuevo. Un género musical no tiene por qué ser lineal, sino más bien un universo en expansión. Tanto en el tango como en el folclore, quien no tenga conocimientos profundos de las raíces no puede llegar a ser un innovador. Y se nota si esa innovación está hecha desde adentro o desde la periferia. Me gustan las cosas modernas, si es que las hay. No todo es tango. Porque entonces, como dice un amigo mío que vive en Francia: “Si todo es tango, nada lo es”.

La equivocación de Piazzolla

Resulta inevitable preguntarle a Ramiro Gallo sobre Piazzolla. “A mí me interesa más su camino –dice– que lo que encontró. Fue uno de los primeros que entendió que el músico de tango, además de ser un laburante, tiene que ser una artista. Entonces intentó elevarse sobre la rutina del baile y de la milonga. Me gusta el de la orquesta del ‘46 y el del primer Quinteto. Después descubrió su sonido y siguió con eso, muchas veces pretendiendo que el tango fuera sólo lo que él hacía. Llegó a decir que el tango tradicional era aburrido, y yo no adhiero”.

Nota publicada en el diario: CRITICA - LINK: http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=19307

 

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